Desde anoche eres el aguijón que no querías,
el veneno que pretendías sacar a chupadas.
Tus piernas se hicieron pinza
y después de llevarme de uno a otro polo
soltaste la pedrada.
No te molestó la suplica del insecto:
las moscas jugando al embarazo,
saliste de darle vuelta al filo por la tierra,
de que el aire se pusiera el nombre de frío
y desde el cuchicheo oscuro escupiste la picadura.
Me hormigueaste la cama en que dormía,
a la sazón le dio comezón,
empecé a sudar la mar en que me hallaba
y sentí que al corazón le confiscaban el reloj.
Anoche me volviste a morir alba,
porque el piquete de un alacrán sin su fogata
es más peligroso que la del mismo fuego.
-Apaguen esa luz, ese nombre falso
con que bautizaron a la esperanza-
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