jueves, 2 de octubre de 2008

En el jardín del pueblo

Como si cantar pudiera.
Hagamos una cosa de la otra cosa;
como contagio al suplicio
que se acaba de dormir.
El punto fino del comienzo;
la comezón en la oreja del cielo,
como un comienzo
más arriba y luego abajo.
La luz torpe y ebria
se recarga
en los postes de la tempestad,
llovizna; ponte los guantes y la bufanda,
que ya va a nevar.
He visto a los mejores
caer frente a
una rodilla y una pierna
un poco descubierta;
un vaso de agua
en medio de una resaca;
hilo de humo
mezclado con el aire,
otro calambre al destino
y se queda.
Durar horas
haciéndole al amor;
la lámpara
que alumbra la nada
y que se pone crema,
arriba en el sótano del cielo.
La desdentada risa
corre a darte un beso
y la muerte mira la televisión;
tras haberse dado
un baño para el mal olor.
Cepillemos un poco esas tetas,
al tiempo le gustan desempolvadas.
Se llaman tretas,
anótalo en tu libreta de notas.
Eso es como dar mil besos y no contarlos.
La historia de los ojos rojos ya se la saben;
no hace falta volver a decirla.
Balbuceo nocturno,
fogata en hielo
para el ardor del humo,
entonces, digámoslo
un poco más callado;
no queremos
que por un grito a voces,
el decoro de la vida
escupa cercenadas cabezas
con sangre sobre nosotros.
Denúdate pornografía,
el altar para irse
tiene que agitar las alas.
Vámonos de vacaciones,
extraño a la marea
que se arrastraba hacia mí.
Mi almohada toda,
el sueño con la cola más larga,
como giro,
como concordar
toda la ropa del recuerdo
sobre un mismo hilo;
tardemos
más en arroparla
que en desvestirla,
no dejemos
hacer moho
a este momento
de sentimentalismo
con el arcoíris y toda la cosa;
hagamos esto simplemente:
lavémosle los pies a la televisión
y quién sabe, puede que
de un momento a otro,
nos eche una imagen
más allá de unos senos.

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