sábado, 25 de octubre de 2008

Árbol que crece y te deja torcido


Qué maña la tuya la de olvidar que te quiero.
La de pintar las paredes de tu vagina
y colgar el letrero de vacante.
Abrir una estética
y abrazar con tus piernas frente a mí
a cuanto pase.
La de cortar y pintar el pelo del tiempo,
preguntando si voy a tardar mucho
queriéndote.
Va contra la ética
de las que quieren dedicarse
a cortarle las uñas a
los pasos desamparados.
Muchas he esperado
a que me digas como a los otros
–hoy qué va ser.
Por eso me corto las venas solo;
limas caricias,
barnizas desencuentros,
enchinas caprichos,
a veces rímel
otras colorete;
aplicas base
y la moral pasa por tu tele,
voy a quedar hermoso,
se me ven bien los huesos.
Luego ya con el corazón afeitado,
dices que me veo guapo sin mirarme.
¿Una broma? Por qué
no me dejaste que me pudriera.
Yo estaba bien
allá abajo tendido a la sombra;
por qué me paseas en tu coche
y luego me tiras
con el vehículo en marcha.
Ojala tuviera
uno de esos celulares
con un plan de tiempo de por vida;
te dejaría pistas, detalles,
llamadas hasta en las chanclas.
Pero eso no es posible
si ni siquiera me ves,
por algo dicen
que las malas mañas nunca se quitan.

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